De luces y puertas
Con frecuencia la gente camina sin mirar, absorta en sus pensamientos, buscando respuestas, cuando repentinamente sienten un click. Es un click en la cabeza, inaudible pero inconfundible. Te hace parar en seco y mirar alrededor tratando de verificar si no te has equivocado, si lo que piensas es lo correcto. Piensas que si lo es, es algo importante.
Yo pensaba en todo eso mientras salía de mi pieza por cuarta o quinta vez esa noche, guardando todo lo que había repartido por la casa durante el día. Una casa de madera y cemento, del tipo con pisos tibios que crujen durante la noche, sobre los que caminar descalzo es un placer.
Miraba a mi alrededor, verificando. Estaba solo, pasada la medianoche yo era el único en pie. Pensando aceleradamente, juntando mis ideas, me preguntaba si por cada una de las veces que había prendido la luz de mi pieza, la había apagado alguna vez. Fue ahí cuando sentí el segundo click. El grande.
Porque el click que sentí no parecía venir de mi cabeza, sino de uno de los grandes interruptores del pasillo. En particular, del de mi pieza. Detrás mío. Pude ver desvanecerse la luz que proyectaba mi sombra contra la pared de enfrente mientras escuchaba el interruptor cerrarse, al mismo tiempo que me daba cuenta de que yo no había estado apagando luces.
Temblando, me di vuelta.
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